El cabo Quiles forma parte del imaginario de mi hermano y el mío, es un clásico, y se le podría considerar como parte de la familia, algo así como ése tío que todos tenemos, que una vez marchó como emigrante, y del que solo tenemos una fotografía que envió a la familia a la puerta de una cervecería, para demostrar que aún seguía vivo. Era un tipo entrañable para nosotros, y eso que no tenemos más referencia de él que unas pocas fotografías de tamaño minúsculo que se tomaron en el frente de guerra de Leningrado, donde compartió con mi padre frío, mucho, miserias, penalidades y sobre todo miedo, y el miedo, virtud de los valientes sensatos, une mucho; no es de extrañar que mi padre le tuviera simpatía, diré más, cariño, por este soldadito que aterrizó en Rusia, no se sabe bien si por ideología, para huir de una España mísera y de post guerra, por aventura o para hacer meritos en nombre de su padre represaliado por Franco por sus ideas republicanas, como le sucedió al actor, ya fallecido, Luis Ciges, que también combatió, codo con codo, al comunismo en Krasnibor, cerca del Lago Ilmen.

Tengo la foto en mis manos y me gusta pensar que se tomó con una Leika requisada a un comisario político en una de tantas y tantas escaramuzas bélicas que le acontecieron. Es invierno y a media mañana, en esas latitudes la luz apenas dura unos pocas horas, la nieve helada, cubre el suelo, y el horizonte blanquecino y denso promete que el día será crudo, que volverá a nevar con intensidad a no mucho tardar y cuando eso suceda, las hordas rojas aparecerán como tétricos fantasmas entre la copiosa nevada y la oscuridad que no deja ver más allá de unos escasos metros. No parece que eso importe mucho a Quiles que se presta gustoso a que tomen la instantánea sabiendo que quizá sea la última.

Siempre me he preguntado por su abrigo, si lo tenía o no, si el hecho de salir a pecho descubierto a la inclemente intemperie de las bajísimas temperaturas, era cuestión de cojones, con perdón, de un aquí estoy yo, ¿qué pasa?, un rasgo de insensatez, más que probable, o que había hecho la campaña de Teruel donde se soportaron temperaturas inferiores a los veinte grados y quería demostrarlo. Son preguntas, que ahora, sin la asistencia de mi padre, se antojan de difícil respuesta.

Aparenta tener cerca de treinta años, aunque nunca se sabe, en aquellos tiempos y aquellas condiciones cada año pasaban dos de vida, la gorrilla cuartelera exageradamente ladeada, unos soplillos como orejas, un bigotito que esconde una leve sonrisa, los brazos arqueados, más producto de la escasez del uniforme, como denotan las mangas, que de zafiedad en el porte, nos muestran a un Quiles que si no fuera por las circunstancias nos llevaría a la risa floja, y que aquí nos lleva, al menos a mi, a una desazonada ternura, al regusto amargo, el mismo que nos trasmite Chaplin, de la impotencia ante el destino que le ha caído en suerte porque a Dios se le ha ocurrió jugárselo a los dados. Las cartas que se le sirvieron en la partida de la vida estaban marcadas desde el momento en que nació en un pequeño pueblo de la meseta castellana, en Peñaranda de Bracamonte, por ejemplo, porque es ahí, en esos horizontes sin horizonte, donde nacen los humildes pero orgullosos hombres como el cabo Quiles. ¿Qué habrá sido de él? ¿Murió en el frente o de viejo mirando pasar la vida en los soportales de la plaza mayor de su pueblo, Peñaranda de Bracamonte, por ejemplo? ¿La fotografía, como aquella que mando un tío para demostrar que aún seguía vivo, llegó a manos de su familia? Nunca lo sabremos, lo que si estoy seguro es que él nunca tuvo noticia de que pertenece al imaginario, un clásico, de mi hermano y el mío, que forma parte de nuestra familia, que por eso vive en nuestros recuerdos, y que la gente muere definitivamente cuando se pierde en la desmemoria de propios y extraños. No es el caso Cabo Quiles, no es el caso.